Hay algo que pasa en la montaña y que casi nunca se cuenta.
Se habla mucho de las vistas, del desnivel y de los kilómetros. Mucho menos de lo otro: que subir una cuesta larga es una de las poquísimas situaciones de la vida adulta en las que el cuerpo te obliga a estar presente. No hay pantalla, no hay forma de adelantar, no se puede delegar. Solo el paso siguiente y el aire entrando y saliendo.
Y eso funciona a cualquier edad, aunque cada edad lo aproveche para una cosa distinta.
Un niño de seis años cruzando un canchal está calculando dónde pisa, cuánto salta y cuándo pedir una mano. Nadie lo llama así, pero está aprendiendo autonomía y a medir un riesgo.
A los veinte, la montaña suele ser el sitio donde descubres que aguantas bastante más de lo que creías.
A los cuarenta y tantos, es una de las pocas cosas que consiguen que la cabeza se calle tres horas seguidas.
Y a los setenta, seguir subiendo es seguir moviéndose, seguir viendo gente y seguir teniendo planes. Que no es poca cosa: probablemente sea la cosa.
No vamos a decirte que la montaña cure nada. No somos médicos y no va de eso. Pero sí es un sitio raro y bueno donde el cuerpo, la cabeza y la gente coinciden sin que tengas que organizarlo.
Por qué «Curvas de nivel»
Los anillos de un mapa topográfico y los de una huella dactilar se dibujan igual: cerrados, irregulares, concéntricos. La montaña te mide y te identifica a la vez. Esta serie es para pensar la montaña, no solo para mirarla. Habrá más.
Quizás vivir sea esto.

