Curvas de nivel 01 · Nadie baja de una montaña igual que subió

Y no hablamos de las piernas. Lo que una cuesta larga hace con el cuerpo y la cabeza, a los seis años y a los setenta.

Grupo de caminantes atravesando un helechal bajo pinos altos

Hay algo que pasa en la montaña y que casi nunca se cuenta.

Se habla mucho de las vistas, del desnivel y de los kilómetros. Mucho menos de lo otro: que subir una cuesta larga es una de las poquísimas situaciones de la vida adulta en las que el cuerpo te obliga a estar presente. No hay pantalla, no hay forma de adelantar, no se puede delegar. Solo el paso siguiente y el aire entrando y saliendo.

Y eso funciona a cualquier edad, aunque cada edad lo aproveche para una cosa distinta.

Un niño de seis años cruzando un canchal está calculando dónde pisa, cuánto salta y cuándo pedir una mano. Nadie lo llama así, pero está aprendiendo autonomía y a medir un riesgo.

A los veinte, la montaña suele ser el sitio donde descubres que aguantas bastante más de lo que creías.

A los cuarenta y tantos, es una de las pocas cosas que consiguen que la cabeza se calle tres horas seguidas.

Y a los setenta, seguir subiendo es seguir moviéndose, seguir viendo gente y seguir teniendo planes. Que no es poca cosa: probablemente sea la cosa.

No vamos a decirte que la montaña cure nada. No somos médicos y no va de eso. Pero sí es un sitio raro y bueno donde el cuerpo, la cabeza y la gente coinciden sin que tengas que organizarlo.

Por qué «Curvas de nivel»

Los anillos de un mapa topográfico y los de una huella dactilar se dibujan igual: cerrados, irregulares, concéntricos. La montaña te mide y te identifica a la vez. Esta serie es para pensar la montaña, no solo para mirarla. Habrá más.

Quizás vivir sea esto.